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El rol de los espacios comunitarios de aprendizaje durante las crisis

Es su capacidad de ser nodos de interacciones comunitarias, y no los espacios en sí mismos, lo que permite a bibliotecas y otros centros comunitarios generar valor en épocas difíciles


Los espacios de aprendizaje comunitarios han probado ser altamente efectivos para generar y fortalecer vínculos entre miembros de una comunidad. Cuando éstos están centrados en su comunidad, promueven la convivencia, el aprendizaje colectivo, y la participación activa en torno a problemas locales, tanto en tiempos de normalidad como de crisis.

La crisis actual generada a causa del Covid-19, ha mostrado casos ejemplares de cómo el uso de estos espacios—y las personas que los lideran—han tenido un rol sumamente valioso en dos sentidos: 1) volviéndose plataformas de construcción de redes comunitarias que pueden reaccionar de manera organizada, y 2) fomentando experiencias de aprendizaje altamente significativas fuera de la escuela.



Los espacios como nodos que fortalecen y conectan comunidades


En Estados Unidos, observamos un par de ejemplos del primero de los puntos anteriores. Desde poner en marcha una red de monitoreo de contagios dentro de una comunidad en Massachusetts, hasta distribuir recursos educativos para usar offline entre los niños, niñas y jóvenes de una comunidad en Óregon, los espacios comunitarios han probado que cuando ponen en el foco de su objetivo ser nodos locales, pueden activar a las comunidades para responder a crisis a partir de la colaboración. Estos roles, tanto en momento de crisis como fuera de ellas, promueve una vida más sana, segura, y democrática en las comunidades.


El equipo de trabajo de la biblioteca de OregonASK se mantuvo en comunicación constante para asegurarse de que las familias de su comunidad estuvieran seguras y con recursos accesibles para aprender en casa.

Foto: Mott Foundation / Oregon ASK


Su rol para contrarrestar rezagos en aprendizaje


Los espacios fuera de la escuela también pueden crear oportunidades de aprendizaje que permitan a quienes están en rezago, o incluso fuera del sistema educativo, desarrollar habilidades para la vida. En tiempos de crisis esto se vuelve indispensable, pues con un sistema educativo forzosamente cerrado, las niñas, niños, adolescentes y jóvenes necesitarán espacios centrados en fortalecer áreas clave de su aprendizaje para evitar el rezago, o impulsar la productividad de quienes no asisten a la escuela de manera formal.

Por ejemplo, la biblioteca Fernando Botero, ubicada en el corregimiento de San Cristóbal, en la ciudad de Medellín, es una buena referencia de cómo, al usar espacios comunitarios como centros de aprendizaje local, la comunidad puede apropiarse de un lugar y potenciar su valor. En este caso, los jóvenes crearon una comicteca (biblioteca de cómics), la cual, a través de actividades como talleres de arte, lecturas colectivas y cine, promueve la inclusión y el desarrollo personal de los jóvenes, impactando positivamente sus decisiones de vida.


La sala juvenil Parche Joven (o comicteca) se convirtió en un sitio de reunión cómodo y atractivo para los jóvenes de la comunidad, quienes disfrutan además de todos sus recursos.

Foto: Sistema de Bibliotecas Públicas de Medellín


Los espacios ausentes en México


En México, la mayoría de los espacios comunitarios no fueron pensados para servir en forma activa al desarrollo de las comunidades. Comúnmente, cuentan con una operación rígida, centralizada, y una dinámica ajena al contexto en el que se encuentran. Por ello, es muy común encontrar que las personas a cargo de estos espacios están más enfocadas en cumplir con tareas administrativas, y poco orientados-y capacitados-, para jugar un rol de liderazgo dentro de sus comunidades.

En los últimos 18 meses visitamos más de 120 espacios de aprendizaje locales, y descubrimos que 9 de cada 10 no cumplían con los requisitos más básicos para su operación: sin base de datos de usuarios, ni seguimiento al uso del espacio. Mucho menos con redes comunitarias. El ejemplo más común, las bibliotecas públicas, suman 7,500 en el país pero que se han vuelto poco relevantes (sin contenido atractivo para la comunidad) y poco pertinentes (escaso valor para la dinámica social de la comunidad).


¿Cómo revertir esta situación?


Para convertir estos espacios en activos de alto valor que puedan ayudar a hacer más igualitario el acceso a recursos, acercar experiencias educativas pertinentes a sus usuarios y fortalecer comunidades, tanto durante tiempos normales como de crisis, consideramos dos líneas de acción:

Reorientar estos espacios de manera que atiendan de forma dinámica a la comunidad. Para lograrlo, hay que renovar su espacio físico, dotarlos de nuevos recursos y garantizar que el personal a cargo tenga las mejores condiciones para liderarlos.

Lo más importante es que estas acciones deben realizarse a partir de alianzas de trabajo con la comunidad, así como mantener las condiciones de operación necesarias para ajustarse constantemente y responder a las necesidades cambiantes de sus usuarios.

Convertirlos en generadores de redes físicas y virtuales que les permitan conocer a su comunidad e involucrarse con ella de forma profunda. De esta forma, se logra establecer nuevos vínculos entre distintos tipos de usuarios, impulsar las acciones de los ya existentes o despertar el interés de todos y de todas de participar activamente para la solución de crisis o problemáticas comunes, presentes y futuras.